Subo los escalones desvencijados y entro en silencio a la casa. Mi hermano Ronnie está de pie en un rincón del comedor, chupándose el pulgar, un hábito al que recurre cuando tiene miedo o está cansado. Cada vez que lo hace, su rostro delgado se ve aún más demacrado y sus grandes ojos parpadean sin control.
Nuestra mamá está sentada en una silla al otro lado del comedor, frotándose una marca roja en el pie. «¡Malditos niños! ¡Mira lo que han hecho!», grita mientras intenta sacar unos fragmentos de vidrio del dedo gordo del pie. «¿Quién rompió ese jarrón?» Ronnie y yo nos miramos y guardamos silencio.
Ella se levanta de la silla y cojea hacia el dormitorio. «Ocúpate de ellos, John», le ordena a papá, y desaparece en el dormitorio.
Papá se acerca a Ronnie con aire amenazante y enrolla el cinturón alrededor de la mano.
«¿Por qué rompiste el jarrón?», grita papá, mirándolo con desprecio.
«No lo hice a propósito. Fue sin querer», gime mientras cambia el peso de un pie al otro. Me lanza una mirada suplicante. Quiero decir algo para apoyarlo, pero por alguna razón no puedo.
«¡Quédate quieto! ¡Y deja de llorar, maricón!», le ordena papá a voz en grito.
¡Ya no puedo más! Ni siquiera quiero pensar en lo que pasará luego: probablemente mamá subirá el volumen de la radio para ahogar el alboroto en el comedor, el pulgar de Ronnie se arrugará de chuparlo sin cesar y gotas de sudor caerán del rostro de papá mientras le pega a Ronnie.
Necesito alejarme de la paliza que papá está a punto de darle, dejar de oír el sonido de sorber que hace Ronnie al chuparse el dedo cada vez más rápido mientras espera el primer golpe.
Paso corriendo junto a ellos y entro en la cocina para agarrar un frasco de la encimera. Cuando vuelvo al comedor, el alboroto no ha cesado. Las palabras hirientes de papá son tan duras que me dan ganas de huir de casa, así que me voy y me dirijo de nuevo a la colina.
- continuará -