Estoy tumbada en la colina, mi refugio, a cien pies de la casa de la que huí. Suelo ir allí para observar a las hormigas marchar en la cima de sus montículos. Hoy las dejo en paz. No enfrento a las dos más fuertes entre sí. No las provoco con una ramita seca para que luchen, para que se despedacen [unas a otras?].
Un abejorro da vueltas alrededor de mi cabeza. Mi corazón late tan rápido como sus alas y por un momento el zumbido me recuerda al sonido rítmico del ventilador de la iglesia que me arrulla [hasta dormirme?] los domingos.
El abejorro desaparece por un instante contra el intenso fondo del sol. Cuanto más se aleja volando, menos claramente lo veo, lo que hace difícil distinguirlo de los puntos que se hacen cada vez más grandes ante mis ojos. Empiezo a entrar en pánico porque no quiero que el abejorro se vaya. Levanto la vista hacia el cielo y lo veo descender, posándose en el diente de león que tengo al lado. La flor se mece suavemente mientras el abejorro explora sus florecillas amarillas.
Cuando se queda inmóvil por un momento, de repente me asalta un impulso de atraparlo, así que entro a casa para buscar un frasco.
--continuará--