Michelle echaba agua con gas en un vaso para ella misma y echaba sal en la sartén cuando su hijo, Julian, entró de golpe por la puerta sin tocar.
—Madre—le llamó a ella—. Me han echado del trabajo hoy.
—¡Mi hijo! Te he echado de menos. Me alegro mucho verte dejándote caer para visitarme.
—Madre, ¿me oíste? Me han despedido. ¿Cómo se supone que ahorre dinero y eche raíces sin sueldo fiable?
—Ah cariño, echaste a perder tu camisa con toda esa suciedad en el trabajo. ¿Qué hacías allí hoy? Oye, ya estoy lavando la ropa. Ven aquí, echémosla en la lavadora y puedes ponerte una de tu padre mientras esperamos que termine.
—¿Me estás escuchando? Ya no tengo un trabajo. Le eché tanto ganas, pero aun así me han echado a volar.
—Mi hijo, ten prisa. La sartén empieza a echar humo. Por favor, échame una mano. ¿Puedes lidiar con eso mientras echo esta carta en el buzón?
En ese momento, Julian se puso harto y, desesperado, se echó las manos a la cabeza. Quiso echarse a llorar, pero en lugar de eso, se echó a reír a carcajadas. Michelle regresó a la cocina y encontró a su hijo, que estaba reírse como un loco, y al salmon en la sartén, que estaba quemándose.
—¡Julian! ¡Has dejado echar a perder el salmón! ¡Sólo te pedí que hicieras una cosa! Echa un vistazo a lo que has hecho.
—¡No me eches la culpa! ¡Sólo te pedí que me escucharas!
Este comentario hizo que Michelle se sacara de quicio. Primero, su hijo no le llama a ella por meses, y ahora hace ¿esto? Su ataque de ira echó leña a un fuego que llevaba ardiendo desde hace un tiempo largo.
—No me eches eso en la cara. Solo tuve ganas a establecer el vínculo con mi hijo por una vez.
Julian empezó a echarse atrás para salir de la casa.
—Bueno, ¿te vas? Vale, no olvides echar la llave.
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(el mismo post, duplicado)
Michelle echaba agua con gas en un vaso para ella misma y echaba sal en la sartén cuando su hijo, Julian, entró de golpe por la puerta sin tocar.
—Madre—le llamó a ella—. Me han echado del trabajo hoy.
—¡Mi hijo! Te he echado de menos. Me alegro mucho verte dejándote caer para visitarme.
—Madre, ¿me oíste? Me han despedido. ¿Cómo se supone que ahorre dinero y eche raíces sin sueldo fiable?
—Ah cariño, echaste a perder tu camisa con toda esa suciedad en el trabajo. ¿Qué hacías allí hoy? Oye, ya estoy lavando la ropa. Ven aquí, echémosla en la lavadora y puedes ponerte una de tu padre mientras esperamos que termine.
—¿Me estás escuchando? Ya no tengo un trabajo. Le eché tanto ganas, pero aun así me han echado a volar.
—Mi hijo, ten prisa. La sartén empieza a echar humo. Por favor, échame una mano. ¿Puedes lidiar con eso mientras echo esta carta en el buzón?
En ese momento, Julian se puso harto y, desesperado, se echó las manos a la cabeza. Quiso echarse a llorar, pero en lugar de eso, se echó a reír a carcajadas. Michelle regresó a la cocina y encontró a su hijo, que estaba reírse como un loco, y al salmon en la sartén, que estaba quemándose.
—¡Julian! ¡Has dejado echar a perder el salmón! ¡Sólo te pedí que hicieras una cosa! Echa un vistazo a lo que has hecho.
—¡No me eches la culpa! ¡Sólo te pedí que me escucharas!
Este comentario hizo que Michelle se sacara de quicio. Primero, su hijo no le llama a ella por meses, y ahora hace ¿esto? Su ataque de ira echó leña a un fuego que llevaba ardiendo desde hace un tiempo largo.
—No me eches eso en la cara. Solo tuve ganas a establecer el vínculo con mi hijo por una vez.
Julian empezó a echarse atrás para salir de la casa.
—Bueno, ¿te vas? Vale, no olvides echar la llave.
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(de nuevo, corregido)
Michelle se servía agua con gas en un vaso y echaba sal en la sartén cuando su hijo, Julian, entró de golpe por la puerta sin tocar.
—Mamá—la llamó—. Hoy me han echado del trabajo.
—¡Hijo mío! Te he echado de menos. Me alegro mucho por fin de verte la cara.
—Madre, ¿me oíste? Me han despedido. ¿Cómo se supone que voy a ahorrar dinero y echar raíces sin tener un sueldo?
—Ah, cariño, echaste a perder tu camisa con toda esa suciedad que tienen en el trabajo. ¿Qué hacías allí hoy? Oye, ya estoy lavando ropa. Ven aquí, echémosla en la lavadora y puedes ponerte una camisa de tu padre mientras esperamos que termine.
—¿Me estás escuchando? Ya no tengo trabajo. Le eché tantas ganas, pero aun así me han echado a la calle.
—Mijo, date prisa. La sartén empieza a echar humo. Por favor, échame una mano. ¿Puedes ocuparte con eso mientras echo esta carta en el buzón?
En ese momento, Julian se hartó y, desesperado, se echó las manos a la cabeza. Quiso echarse a llorar, pero en lugar de eso, se echó a reír a carcajadas. Michelle regresó a la cocina y encontró a su hijo, que estaba riéndose como un loco, y al salmon quemándose en la sartén.
—¡Julian! ¡Has dejado echar a perder el salmón! ¡Sólo una cosa te había pedido! Echa un vistazo a lo que has hecho.
—¡No me eches la culpa! ¡Sólo te pedí que me escucharas!
Este comentario sacó a Michelle de quicio. Primero, su hijo no se digna a llamarla durante meses, y ahora sale con ¿esto? Su ataque de ira echó más leña al fuego que llevaba ardiendo desde hace un largo tiempo.
—No me eches eso en cara. Solo tuve ganas de restablecer el vínculo con mi hijo una vez.
Julian empezó a retroceder con la intención de para salir de la casa.
—Bueno, ¿te vas? Vale, no te olvides echar la llave / cerrar con llave.
El salmón carbonizado / humeante // El día que se quemó el salmón / El día en que el salmón ardió