A última hora de la tarde, la cafetería y librería Beans & Books se había sumido en una apacible calma.
La mitad del local parecía una cafetería cualquiera, con sillones desparejados y una pizarra donde aún se leía, a medio borrar, la oferta del moca latte.
La otra mitad albergaba numerosos libros de segunda mano: obras de filosofía, novelas, guías de viaje y varios volúmenes especializados en inglés, japonés y alemán.
Ellesha estaba de pie ante un grabado colgado en la pared: una pieza cautivadora que mostraba a una mujer desnuda, de melena tan negra como el plumaje de un cuervo, con una de estas aves a su lado.
Su café se había quedado tibio, pero a ella no parecía importarle.
Andrei se acercó a su lado mientras se limpiaba la espuma del pulgar, con el delantal aún colgando de un hombro.
Oficialmente era barista, aunque en la práctica asumía a regañadientes el papel de librero. Llevaba toda la tarde ordenando alfabéticamente una estantería que nadie le había pedido organizar.
—¿No somos, en el fondo, bastante parecidos a los cuervos? —preguntó Ellesha con voz queda, absorta en sus pensamientos.
Andrei apartó la mirada del grabado para fijarla en ella.
—¿En qué sentido?
—¿Nunca has observado de cerca a los cuervos, fijándote de verdad en su comportamiento?
Inclinó levemente la cabeza, siguiendo con la mirada el silueteado oscuro de las alas.
—Son carroñeros. Aprovechan cualquier oportunidad. La mayoría de nosotros también lo somos, cada cual a su manera. La única diferencia es que llevamos ropa más elegante.
Andrei se encogió ligeramente de hombros, sin darle mayor importancia.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—No pretendo dar lecciones de moral; solo estoy observando —respondió Ellesha con suavidad.
Se volvió por completo hacia Andrei.
—Fíjate en cómo tratan a las aves más débiles. Las intimidan, les roban la comida y se quedan con los mejores restos. Pero en cuanto aparece un halcón o un perro, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Sin orgullo, sin disputas.
Andrei sopesó la idea un instante antes de dejar escapar una leve sonrisa irónica.
—Entiendo... Así que saben cuándo usar el pico —dijo— y cuándo desplegar las alas.
Ellesha asintió, con un matiz sutil en la mirada.
—Quizá nosotros también debamos aprender a hacer lo mismo.
A sus espaldas, la máquina de espresso dejó escapar un suspiro sibilante y fatigado. Ninguno de los dos volvió a moverse.
A Conversation about Ravens, Humans, and Greed
The Beans & Books bookstore/café had settled into its late afternoon hush.
Half the venue seemed like an ordinary coffee shop, with mismatched armchairs and a chalkboard menu smudged with mocha latte.
The other half offered many used books on philosophy, fiction, travel guides, and a few esoteric works in English, Japanese, and German.
Ellesha stood in front of one piece of art hanging on the wall:
a striking print of a raven-haired nude woman with a raven next to her.
Her coffee had grown tepid, but she didn't mind.
Andrei came up beside her, wiping foam from his thumb, his apron still slung over one shoulder.
He was a barista on paper and the shop’s reluctant bookseller in practice,
and he’d spent the afternoon alphabetizing a shelf nobody had asked him to alphabetize.
"Aren't we pretty much the same as ravens?" Ellesha asked, in a voice quiet with contemplation.
Andrei glanced from the image to her. "How so?"
"Haven’t you ever observed ravens closely and really watched them?"
She tilted her head, tracing the dark contours of the wings with her eyes.
"They’re scavengers. Opportunists. Most of us are, in our own ways. We just wear nicer clothes."
Andrei gave a light shrug of his shoulders, unfazed. "What's wrong with that?"
"I'm not moralizing—just observing," Ellesha replied gently.
She turned to face Andrei fully.
"Notice how a raven treats the weaker birds. It bullies them, steals from them, takes the best scraps.
Then a hawk or a dog shows up, and it’s gone in a heartbeat. No pride, no argument."
Andrei pondered the thought for a moment before offering a slight smirk.
"Okay—so they know when to use their beaks," he said, "and when to use their wings."
Ellesha nodded, a subtle shift in her expression. "Perhaps we need to learn to do the same."
Behind them, the espresso machine gave a wheezing sigh. Neither of them moved any further.