Una conversación sobre poesía, ignorancia y problemas globales
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Una conversación sobre poesía, ignorancia y problemas globales

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La librería-cafetería comenzaba a acomodarse al ritmo pausado de la tarde.

Las cálidas lámparas colgantes brillaban sobre las abarrotadas estanterías, proyectando largas sombras en las mesas cubiertas de poemarios, tazas de café y cuadernos a medio llenar.

Al fondo del local, un viejo sofá de terciopelo y varios sillones desparejados rodeaban una mesa baja de madera, formando un rincón de poesía improvisado. El aroma del café recién molido se mezclaba con el tenue y reconfortante olor del papel envejecido.

Afuera, el aire fresco del atardecer presionaba contra los altos ventanales; dentro, un pequeño grupo de amantes de la poesía escuchaba los últimos versos de un poema enigmático sobre la ignorancia, la incertidumbre y el conocimiento humano.

Durante un instante, después de concluir la lectura, nadie habló.

Solo el siseo de una máquina de espresso y el apagado tintineo de las tazas en la barra rompían el silencio.

Nadia sacudió lentamente la cabeza. Su rostro se tensó de frustración mientras se volvía hacia sus compañeros.

—¡Detesto este poema! —espetó, con una voz que atravesó bruscamente el murmullo sosegado de la cafetería.

—Pretende, con una ligereza irritante, que no sabemos por qué millones de personas pasan hambre. Pero las razones distan mucho de ser misteriosas. Sabemos adónde va la comida, quién controla los recursos y quién se beneficia de la escasez.

Wan-Sze asintió con gesto sombrío, mientras sus dedos recorrían el borde de su taza de cerámica, ya fría.

—Además, ensalza a Jack Daniel's y Jim Beam —añadió con un tono sereno, pero cargado de reflexión analítica—. Difícilmente esas empresas van a ofrecer una solución al sufrimiento del mundo. El alcohol y las drogas recreativas no resuelven los problemas sociales. En el mejor de los casos, ofrecen una evasión pasajera; en el peor, embotan nuestra sensibilidad ante el sufrimiento que nos rodea.

Kasim se reclinó sobre los desgastados cojines de terciopelo y se encogió lentamente de hombros, con un ademán desdeñoso.

—¿No estás siendo demasiado severa? —preguntó, con una leve sonrisa despreocupada en las comisuras—. Un poema no es más que un poema. ¿Por qué tomarse las palabras tan a pecho?

Nadia lo miró fijamente.

—Porque las palabras nunca son solo palabras —respondió—. Determinan aquello en lo que reparamos, lo que ignoramos y lo que consideramos posible.

La sonrisa de Kasim se desvaneció ligeramente.

Durante varios segundos, nadie respondió.

Entonces Wan-Sze levantó su taza fría y contempló el café que quedaba en el fondo.

—Quizá el poema nos haga sentir cómodos con nuestra propia ignorancia. Tal vez deberíamos preguntarnos qué clase de ignorancia está tratando de proteger.

La máquina de espresso volvió a sisear detrás de la barra. Alguien dio un trago largo a su café irlandés y suspiró.

A conversation about poetry, ignorance, and global issues

The bookstore-café was beginning to settle into its evening rhythm.

Warm pendant lamps glowed above its crowded bookshelves, casting long shadows across tables littered with poetry collections, coffee cups, and half-finished notebooks.

Near the back of the shop, an old velvet sofa and several mismatched armchairs were arranged around a low wooden table, creating a makeshift poetry corner.

The aroma of freshly ground coffee mingled with a faint, comforting smell of aged paper.

Outside, cool evening air pressed against the tall windows, while inside, a small gathering of poetry lovers listened to the final lines of an enigmatic poem about ignorance, uncertainty, and human knowledge.

For a moment after the reading ended, no one spoke.

Only the hiss of an espresso machine and the muted clink of cups from the café counter broke the silence.

Nadia shook her head slowly, her expression tightening with frustration as she turned to her companions.

"I detest this poem!" she began, her voice cutting sharply through the quiet murmur of the café.

"It glibly pretends that we don’t know why millions of people are starving.

But the reasons are hardly mysterious.

We know where the food goes, who controls the resources, and who profits from scarcity."

Wan-Sze nodded in grim agreement, his fingers tracing the rim of his cold ceramic mug.

"Moreover, it valorizes Jack Daniels and Jim Beam," he added, his tone carrying a quiet, analytical weight. "Those companies are hardly solutions to the world’s suffering.

Alcohol and recreational drugs don’t solve social problems.

At best, they offer temporary escape; at worst, they dull our awareness of the suffering around us."

Kasim leaned back into the worn velvet cushions of the sofa, offering a slow, dismissive shrug of his shoulders. "Aren't you being too harsh?" he asked, a faint, easy smile playing at the corners of his mouth. "A poem is just a poem. Why take human words so seriously?"

Nadia stared at him. "Because words are never just words," she replied.

"They shape what we notice, what we ignore, and what we think is possible."

Kasim's smile faded slightly. For several seconds, nobody responded.

Then Wan-Sze lifted his cold mug and looked at the untouched coffee inside.

"Perhaps poem makes us comfortable with not knowing; maybe we should ask what kind of ignorance it is protecting."

The espresso machine hissed again behind the counter. Someone gulped some Irish coffee, then sighed.

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