En Australia, los menores de 16 años no pueden acceder las redes sociales. El gobierno ha implementado varias medidas para que no tengan el acceso a las aplicaciones. Sin embargo, las restricciones serían un arme de doble filo para aquellos que se ven afectados.
Dado que hayan puesto límites en el uso de la tecnología, el desarrollo adolescente ha sido valorado encima de los ingresos. Por ejemplo, tanto la salud mental como física es vulnerable a las influencias externas. Un joven de 15 años apegados a su celular puede pasar hasta los 8 horas diarios mirando la pantalla en vez de leer, hacer deportes o hablar con los amigos en persona. Además, desde anuncios hasta estafadores y contenido inapropiado, la preocupación por la ciberseguridad no se rebaja.
Cabe destacar que las salvaguardias mitigan el acceso a las redes sin solucionar por completo el asunto. Los jóvenes astutos han divulgado sus técnicas para franquear las nuevas leyes, implementando esquemas digitales a validar una edad falsa o emplear una conexión remota. En pocas palabras, tal vez sea demasiado poco demasiado tarde para ralentizar la dependencia digital.
En definitiva, una reducción en el tiempo de pantalla sería una balde de agua fría para los adolescentes. No obstante, las medidas propuestas representan un paso adelante en promover la protección de los menores de edad y la ciberseguridad. Como si fuese una tira y afloja, la cuerda entre los caprichos de la juventud y la patriarca de los oficiales se vuelve más frágil con cada empuje que hace hasta que un punto de compromiso surja.