Como si fuese una manta de seguridad, “Esperando la carroza” se emplea el humor para complacerle a la familia Carroza. Sin embargo, según el dicho, “Entre broma y broma, la verdad se asoma”. Así, los vínculos que se crean son frágiles y terminan atrapando a los propios miembros de la familia.
La familia estereotípica de Argentina de 1985, la familia Carroza es como si fuese un ravioli: con un exterior duro y un relleno de problemas. A nadie quiere mantener la matriarca “Mama Cora”. Su envejecimiento es un reflejo para la familia a enfrentarse con sus propias carencias. Ya que sea por una falta de espacio, paciencia o piedad, a nadie quiere cuidarla a la madre. Su discussion es inútil; cada excusa más hipócrita en su defensa hasta que nadie tenga una buena razón de negarla a la matriarca.
Por añadidura, la familia se trata a su sere querido como si fuese un objeto indeseado ni siquiera como una persona. ¡Ten cuidado con lo que deseas! Cuando se descubren la ausencia de Mamá Cora, pesa mucho más que su presencia. No obstante, la cuñada Elvira es la protagonista que no deja pasar otro, poniendo en primer plano sus propias inquietudes. Es como si nadie se atreve a decir la verdad: la infidelidad familiar no solamente una traición matrimonial sino una traición de carácter de la que no se recupera. A través de la risa de Nora, la esposa de Antonio, se disimula su culpa entre carcajadas para no sentirse mal consigo misma.
Esto implica que el verdadero protagonista es el humor, que se destaca el guion con un sabor argentino que adereza el oído. El velorio, al fin y al cabo, es de la inocencia perdida de los familiares, que se quedan manchadas por sus propias transgresiones. Como si fuese la justicia poética, la caja en que se encuentra la familia es la duramadre de sus cabezas, como recordatorio para aquellos que son tan caraduras que no aprenden de sus propios errores.