El cortometraje “Cocodrilo (España; 2019), dirigido por Jorge Yúdice, nos muestra la pantalla para que veamos lo que existe entre líneas. Tanto las medidas de comunicación como las relaciones entre padres e hijos han cambiado por la tecnología. Sin embargo, los efectos digitales pueden provocar un alojamiento o una reunificación dependiendo de la conexión humana que subyace la conexión.
El filme nos envuelve en una escena cotidiana, un en vivo de un joven de viente años jugando videojuegos. Por otro lado, una mujer de media edad está viendo la transmisión atentamente a medidas escondidas de su marido. La simplicidad del cortometraje nos engaña. Cada señal que transmite tiene un receptor para que interprete la información. De la misma manera, nuestra respuesta del estímulo depende de lo que sentimos no de lo que vemos; el volumen nos permite alcanzarnos cuando estemos listos de recibir el mensaje: “Cuando quieras…cocodrilo”.
En un giro inesperado, la espectadora es la protagonista de la trama que ni siquiera sabemos existía. El joven es el hijo que se ha distanciado de su familia. A través de las redes sociales, su red social ha sido tanto el sostén como el seno que le ha dado vida. En sus ojos, vemos el reflejo de la relación entre madre e hijo. En vez de separarles, el aislamiento ha sido la causa y la cura. Así, la cura se encuentra en la locura, lo cual es desear por lo cual no hubiera sido posible nunca.
Al fin de cuentas, la pantalla es un relejo por los anhelos que albergan minimizados por la pantalla. Un marco de foto es tanto una reliquia de tiempo como la clave para un código que no se puede descifrar. Dado que el distanciamiento haya cambiado la relación, el amor que permanece vivo se encuentra en la clave: cocodrilo. A veces, la respuesta es tan simple que escoge mandar mensaje aunque no sabemos si la otra persona se lo reciba con nuestra intención.