Después de haber recorrido las plenas infinitas de hierba, has llegado a tu destinatario: un jardín rocoso, el sitio perfecto para descansar. Sin pensarlo dos veces, te posas sobre una roca delante del luz brillante del sol. Cuando te cierras los ojos, sientes la brisa suave rozando tus escamas, mientras el intenso calor del sol te calienta.
No se escucha más a partir de la brisa soplando suavemente. Es como si el tiempo se hubiera detenido para este momento de descanso.
Al pasar de tiempo, notas un cambio repentino en el aire. La paz que has estado experimentado no siente tan agradable como cuando llegaste. Aunque el paisaje no ha cambiado, no estás seguro. El suelo se siente lo mismo.
Hasta cuando percibes el sonido sordo de unas vibraciones que han venido de la plena de hierba.
Al instante, tus instintos te impulsan a correr e encontrar un lugar seguro en el que puedas esconderte. Corres debajo de la roca grande, tratando de no ser visto por el depredador.
Tratas de vislumbrar las vibraciones, buscando las frecuencias bajas de esos pasos pesados.
Pero nada.
El único sonido que llena el silencio agobiante es el corazón latiendo en el pecho.
De repente, justo al lado de ti, sientes la pesada vibración de unos pasos otra vez. Al sentir esas vibraciones tan pesadas, más cerca, te das cuenta de que esa cosa no es un ratón, ni siquiera un ave.
Solo descubres lo que es cuando ves a su pata. Sus patas son gruesas como las ramas más densas de un árbol y sus garras afiladas rascan el suelo. A ese punto, los latidos rápidos del corazón están a punto de romper el esternón. Te quedas debajo de la piedra, paralizado por temor.
No me puede ver te dices, esperando que esa afirmación no sea una mentira.
PUNTO DE VISTA: Eres un eslizón tomando un descanso debajo del sol. Pero, de repente, te sientes invadido por un mal presentimiento de que haya algo acechándote cerca.