La obra “Sancho Panza durmiendo sobre su montura” de Cándido Portinari (1956) nos destaca una ventaja al personaje. Tanto los colores como los animales desempeñan papeles en el lienzo. En pocas palabras: la simplificación es la profundidad.
Cada trazo a lápiz es un hilo hacia la personalidad del frecuentemente menospreciado asistente a Don Quijote. Un rey sin reinado, los gestos de reverencia vislumbran el papel de Sancho Panza. Conviene destacar que no hay cielo ni suelo; es un cuarto sin paredes que refleja las posibilidades sin límites de las aventuras del caballero. De igual modo, el tono amarillento nos brinda un rayo de esperanza en medio del litúrgico.
Por consiguiente, estamos invitados sin querer al ritual de juramento de Sancho Panza. Entra la razón y la sinrazón, yace un sueño poco correspondido: ser el protagonista si fuera por si sola una vez después de tanto sufrimiento por las caballerías de Don Quijote. Incluso los mismos cabellos asientan sus cabezas en unison con el deseo del escudero. Su papel es tanto un medio de transporte como un testigo; el camino atrevido cambia el hombre. Sin embargo, con la cabeza inclinada hacia adelante, la humildad es la verdadera protagonista de la obra.
A fin de provocar una reflexión más profunda del escudero, nos comprendemos a nosotros mismos. Un rostro sin rostro, el hombre puede ser cualquier. Lo que le otorga una identidad es lo que le proyectamos a él. No sabemos si existe la realidad que vemos hasta que veamos la realidad.