En “El otro”, el autor Jorge Borges nos presenta un dilemma que nos deja viendo doble: se refleja la dualidad del protagonista, cuya crisis de identidad se manifiesta a través de la trama. Ya sea 1969 or el tiempo contemporáneo, la falible naturaleza de nuestra memoria y nuestro concepto de nosotros mismos influyen en nuestra identidad. Sin embargo, la voz de razón es interminable en el capítulo y una mejor pregunta sería ¿quien es el impostor, el lobo con piel de cordero que nos engaña con su cuenta falsa?
El narrador, cargado de la sabiduría de miles de atardeceres, se enfrenta a su contraparte, cuyos deslumbrantes ojos traicionan su ingenuidad. Paradójicamente, el protagonista y su “otro”, una versión más joven de él mismo, se encuentran juntos. La voz paternal del anciano nos seduce por su conocimiento íntimo; queremos confiar en aquello que tiene los pormenores de nuestra vida como si fueran una bola de crystal. Al fin, saboreamos la agridulce realización que la verdad sea efímera, tergiversada por la perspectiva de quien nos envuelve en su fuerte abrazo.
Por otro lado, nuestra identidad se proviene de nosotros mismos, esculpida por nuestras experiencias e influencias que sumen para formarnos. Por ejemplo, nuestras educaciones, religiones e idiomas nos dan forma como si fuéramos arcilla. Adelantémonos a la época moderna, el mundo tecnológico es ambas una bendición y una plaga, lo cual nos permite a borrar nuestra identidad instantáneamente. Si no recordara quien era “yo” hace un año, las redes me mandarían un recuerdo para vislumbrar mi incertidumbre.
No obstante, nuestras memorias suplantan las esquemas que tomamos como hechos, podando los recuerdos anteriores como las ramas de un árbol. Con demasiado frecuencia, las memorias, como los motores desgastados de las máquinas hacia el fin de una larga carrera, nos fallan sin darnos cuenta. Por último, el texto nos obsequia una advertencia: nada es lo que aparece aunque tenga la ilusión de ser auténtica.