El amor podrido
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El amor podrido

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“La percepción es la realidad” para nuestras mentes cuando ponemos la venda enfrente de nuestros ojos. Dejando el sentido común, un singular deseo puede controlarse como si fuera una cuerda de una muñeca. Por ejemplo, en “El amor en los tiempos del de cholera”, cuyo autor García Márquez nos somete a los caprichos de un amor idealizado, somos los pasajeros impotentes bajo el hechizo de un amor podrido. El protagonista, Florentino Ariza, es un cazador acechando su presa, Fermina Daza, a lo largo de las décadas; lo cual al principio parece un amor verdadero se convierte en una obsession poco saludable. Nuestro príncipe azul es verdaderamente un sapo, tergiversando el cuento de hadas que nos enseña a creer desde la cuna.

Sin embargo, la promesa del amor es lo que nos engancha, otorgándonos la ilusión de un mundo perfecto donde estamos con nuestros amores para siempre. El tardío es como un cuerpo envejecido, con las arrugas del tiempo un escalofriante presagio de la imperfección dentro de nosotros mismas. En realidad, el amor real es desordenado, agotador e insípido como si fuera un veneno; tomamos los tragos del amor corrompido por los cambios inevitables del envejecimiento, saboreando lo cual sea amargo cuando aparezca dulce. No obstante, las gafas de color rosado y capaz, nuestros propios egos, nos privan de la realidad requisito para escapar del ciclo vicioso del amor. Por último, el amor puede ser un lujo o un castigo, dependiendo de cuál lado lo veamos. Según el dicho, “Cuidado con lo que deseas”, porque puede que se haga la realidad indeseada.

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