En el libro, “El amor en los tiempos del cólera”, García Márquez entrelaza la trama con el simbolismo como si fuera un río sin fin. Nos convertimos desde los pasajeros en un barco hacia los espectadores atrapadas en los corrientes sin los botes salvavidas. La verdadera pregunta sería ¿a donde vamos?” con el presagio de un viaje transformador.
Primero, el rio representa el paso de los años y la inevitabilidad del destino, reflejando cómo el amor de Florentino y Fermina evoluciona. Para Fermina Daza, según las expectativas sociales de la época, se casa con un apelante digno; Florentino Ariza encabeza la empresa de los barcos fluviales de sus familiares. Por último, la confluencia de los afluentes, en este caso las vidas del los amantes desafortunados, se entrelaza para propulsarles hacia un destino final juntos.
Por otro lado, el río es un “viaje sin regreso”, creando una ilusión de la eternidad, evitando enfrentar la realidad de la vejez. Con una profundidad poco conocida, el río refleja una intensidad del amor que no se puede ver desde el superficie. Más aún, la bandera de cólera que se usa para evitar las expectativas sociales engendra la fachada de una enfermedad, pero la afición insípida del amor no se cura con una mera cuarentena.
En definitiva, el amor es un veneno que se fortalece con el tiempo, atrapando los protagonistas en el anhelo del pasado. Una historia tan antigua como el tiempo mismo, García Márquez nos sumerge en una utopía que es solo una ilusión, de la misma manera en que el agua distorsiona la realidad, reflejando aquello que queremos ver. Por más infinita que parezca, cada río llega a su fin eventualmente, y a veces, el amor no es suficiente para mantenernos a flote ante la incertidumbre de las inundaciones de un corazón desgarrado por las tormentas de la vida.