La historia existe para mostrarnos que no aprendemos. Por lo tanto, aunque tenemos una plethora de los libros alborotados de las historias de nuestros fallos, cometimos los mismos errores. Sin duda, con más información que nunca a nuestra disposición, la decisión de permanecer en las tinieblas de la ignorancia es nuestra.
Para abordar el riesgo de la ineptitud, la educación suministra un papel clave en la formación de una sociedad más justa. En vez de enseñar la memorización, las escuelas reparten una gama amplia de herramientas para armarnos. Si aceptemos los hechos como son, sin desafiarlos, nunca hubiéramos sabido que el mundo es circular en vez de plano o que el VIH se transmite con el contacto de los fluidos corporales. Además, tenemos el ejemplo del famoso abolicionista Frederick Douglass, cuyos propios esfuerzos para superar el analfabeto le ayudó encabezar el movimiento contra la esclavitud en EEUU.
Sin embargo, como un arma de doble filo, la educación se utiliza como una medida de la propaganda para reescribir la historia. Por ejemplo, bajo la tutela de Joseph Stalin en la Unión Soviética, los libros de historia aportaban una vista elogiosa del estado. Con sus mentes tan maleables como si fueran arcilla, los jóvenes representan los objectives ideales para dogmatizar. Adicionalmente, la inteligencia artificial y la red nos amenazan con su facilidad de ser manipulada. Por ilustrar, el tuit del presidente Javier Millei de Argentina por el criptomoneda nos destapa el riesgo de comer la fruta prohibida por el “fake news”.
En definitiva, el verdejo lobo con piel de cordero somos nosotros mismos cuando tomamos las decisiones sin pensar críticamente. Según las palabras famosas del psicólogo Daniel Kahneman, “La calidad de nuestras decisiones depende de cómo se haga el juicio, no de la cantidad de información.” Mientras la educación puede inculcarnos con los valores, la decisión de superar nuestros sesgos es requisito para verdaderamente evolucionarnos.